Como ya hemos mencionado en entradas anteriores, el 2019 lo conocemos como el año de la Tabla Periódica, por ello, resulta muy interesante leer el artículo de Adela Muñoz Paéz, Química especialista en espectroscopía, Catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla y miembro de la Red de Científicas Comunicadoras.
Publicado el viernes, 18 de enero de 2019 en El Periódico

Tenía que explicarles a sus alumnos las propiedades de todos los elementos químicos -nombre, símbolo, aspecto, reacciones, compuestos…-. ¡Aquello aburría a las piedras! Llevaba años buscando una forma de organizar toda esa información para facilitar su aprendizaje y un día se le ocurrió hacer una especie de baraja con los elementos químicos, poniendo cada elemento en una cartulina, y comenzó a jugar con ellas. Primero hizo parejas, luego tríos, después hizo columnas, luego filas y columnas como un crucigrama. Se aburrió tanto que se quedó dormido, pero soñó con la baraja. Y entonces sucedió el milagro: vio como en alguna de las ordenaciones caían juntos elementos que se parecían y fue añadiendo a cada grupo las cartas de los elementos más parecidos hasta que se quedó sin cartas.
Estoy hablando del profesor ruso nacido en Siberia, Dmitri Mendeléyev y de la tabla periódica que elaboró en 1869. En ella, todos los elementos químicos están organizados en filas en orden creciente de masa atómica de forma que, simultáneamente, en cada columna, o “grupo”, aparecen los elementos que tienen propiedades químicas similares. Así tenemos el grupo de los alcalinos, el de los halógenos etc.; solo con localizar en qué grupo está ubicado un elemento, sabremos si es sólido, líquido o gas, si reaccionará fácilmente y qué tipo de compuestos formará. Cada elemento está simbolizado por una o dos letras que hacen referencia a su nombre, por ejemplo el carbono es C, y se caracteriza por su “número atómico” o número de protones en el núcleo.